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Una Olla de Justicia

por Franco Armando

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Hacia fines de la década del ’80 -en plena hiperinflación, cuando los supermercados en todo el país eran saqueados-, en un rincón de la Villa 31 del barrio de Retiro, a través de asambleas, vecinos y vecinas lograron que el supermercado más cercano al barrio entregara alimentos. Este proceso de lucha y organización colectiva sería la génesis de las ollas populares y el comedor de Gladys “Comunidad Organizada”.

A más de 30 años de aquellas ollas, Gladys y la organización comunitaria fueron tejiendo redes. Además de una olla de guiso, de espacios de alfabetización y talleres de oficios, aquellas paredes fueron el espacio en donde vecinos y vecinas supieron encontrarse para dar respuestas a un barrio que exigía a gritos su derecho a vivir en la ciudad. Ellas y ellos se animaron a ponerle voz a los derechos de los villeros y las villeras, transformando los discursos racistas y clasistas de erradicación y segregación en un debate de urbanización e integración real de las villas a la ciudad. En este contexto fueron transcurriendo los años de Gladys que, junto a Carlos su compañero de toda la vida, lucharon por la Ley 148, una de las primeras reglamentaciones que comenzaban a vislumbrar los procesos de urbanización en las villas de la Ciudad.

Para continuar con el legado de Gladys y para que el espacio que ella supo construir con amor y convicción siga siendo un lugar de encuentro, de contención, y de apropiación y empoderamiento de derechos, la semana pasada se inauguró en ese mismo lugar un Centro de Acceso a la Justicia. El CAJ es un dispositivo que forma parte del Ministerio de Justicia, donde ademas de brindar asesoramiento y patrocinio gratuito a los vecinos del barrio, también continuará el legado de resistencia, lucha y organización comunitaria.

La vida de Gladys es una historia de amor y de lucha, pero fundamentalmente la de un compromiso constante con los demás; ese otro, esa otra, que no tenía color, ni religión o partido político a la hora de contener y brindar su ayuda. Ella fue testigo de las crisis de nuestro pueblo, del hambre y las topadoras. Ella se enfrentó a la desidia de un Estado ausente y fue testigo de una urbanización que a ella le llegó tarde. Gladys brindó más de 30 años de su vida al trabajo comunitario y jamás fue reconocida como tal a pesar de ser una trabajadora esencial.

Un virus lleno de injusticia se llevó a Gladys hace casi un año. La urbanización que esperó y soñó, nunca le llegó. El Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires no garantizó los derechos básicos para contrarrestar los efectos devastadores de un virus, pero también de políticas que precarizan la vida. Dejó sin agua y sin condiciones dignas para enfrentar esta pandemia a todo un barrio, que no sólo se llevó la vida y los sueños de Gladys sino también a tantas otras luchadoras imprescindibles que fueron la primera línea para enfrentar la pandemia.

Hoy, el Centro de Acceso a la Justicia lleva su nombre, Gladys Argañaraz y como bien supo hacer ella, aquellas ollas que ayer revolvían organización, hoy son ollas de justicia para los y las vecinas que siguen exigiendo su derecho pleno de vivir en la ciudad.

Fuente: https://elgritodelsur.com.ar/

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