Ya no quedan dudas y ha sido materia de análisis varios, que el gobierno de Javier Milei ha inaugurado un tramo tristemente novedoso en la historia democrática argentina. Los libros de historia recordarán este momento institucional y político de Argentina como un trance de alta criticidad, reordenamiento del mapa de configuraciones en la estructura política y social, desmantelamiento alevoso de áreas sensibles del aparato del Estado, intento de demolición de los paradigmas de la justicia social, demonización de las organizaciones y representaciones populares, incremento y sofisticación ostensibles de las técnicas de represión y hostigamiento de dirigentes y dirigentes populares, y un nuevo marco ético y estético de la democracia tal como la conocemos en nuestro país.
Es cierto también, que más allá de la configuración claramente neofascista del gobierno, en él se operan las categorías tradicionales del neoliberalismo: Corrupción indisimulable, concentración y extranjerización, empobrecimiento de las mayorías populares en beneficio de las clases dominantes, mega endeudamiento y fuga, caída estrepitosa del PBI, desregulaciones por doquier y más, forman parte de los datos relevantes de estos casi 2 años de gestión.
En este marco, el campo de la Salud ha sido foco de particular agresión, y es exponente fiel de estas categorías nombradas.
Como en todas las aristas de gestión de este gobierno, las modificaciones han sido regresivas, severas y, sobre todo, con una alta dosis de crueldad.
La lista de medidas que se han dispuesto desde el Ministerio de Salud nacional, Mario Russo primero y Mario Lugones ahora, se anexan al panorama depredador de esta gestión.
Es probable que los gobiernos de Menem allá por los 90 y éste de Milei, sean los momentos de mayor ataque a las políticas públicas sanitarias, y constituyan las más claras expresiones de contraste al modelo de la Salud popular y soberanía sanitaria que en nuestra historia encarnaron entre otras y otros Carrillo, Oñativia, Ferrara.
De máxima actualidad en la agenda política y social es el tema del desfinanciamiento extremo del Hospital Garraham, el hospital público de pediatría de máxima excelencia e impacto social y sanitario en el país. Antes fueron el Bonaparte, el Sommer y el resto de los escasos Hospitales nacionales.
Se ha nombrado la brutal medida de retirar en el PAMI la gratuidad de los medicamentos a más de 5 millones de jubilados, la mayoría de los cuales perciben salarios de miseria.
Oncológicos, discapacidades, salud mental, trasplantes, programas territoriales, salud sexual reproductiva y la lista sigue con más cierres y recortes.
Y ni hablar de la todavía no esclarecida tragedia con el Fentanilo contaminado o adulterado, que muestra a las claras la descomposición del sistema de soberanía sanitaria y fiscalización farmacéutica que se ha instalado y seguramente se profundizará en la Argentina con este modelo de sálvese quien pueda, nadie controla nada y el mercado es patrón y sota.
Las claves de toda esta parábola son las repercusiones sobre la salud de personas de carne y hueso de manera cierta y concreta, la expulsión de trabajadoras y trabajadores de los equipos de salud y sus espacios de trabajo, el aumento de los gastos de bolsillo de cada uno de nosotros, el abandono de tratamientos crónicos, la cada vez más acuciante crisis de acceso oportuno a los servicios de salud, y la proliferación de distintas formas de modelos de aseguramiento que segmenta el derecho a la salud.
El resultado de las recientes elecciones de medio término en la Provincia de Buenos Aires, expresan el ocaso de este modelo cruel, y a la vez, el resurgimiento de una esperanza que no debe ser nuevamente defraudada.
El resultado electoral debe ser el inicio de un nuevo tiempo en la Argentina, de nuevos paradigmas, de más y mejor integración del campo popular, y sobre todo, de nuevos compromisos programáticos que materialicen la agenda de soberanía e igualdad que pregonamos.
Las y los trabajadores de Salud y el movimiento sanitario en la Argentina también nos inscribimos en este desafío; resistiendo el embate depredador con organización colectiva, sosteniendo las claves del programa de la Salud colectiva e incluyendo en la narrativa epidemiológica y sanitaria las nociones de igualdad, inclusión y cambio social.
Esto es, nombrando que no habrá mejor salud para nuestro pueblo, si la técnica de la gestión sigue enclavada en una sociedad con pobres, con hambreados, con excluidos, y con chicos pidiendo en la calle.
Y que el nuevo proyecto sanitario nacional debe nutrirse y nutrir desde y para la organización colectiva, construyendo y fortaleciendo el movimiento sanitario.
Gestión, proyecto y organización deben ser las claves que nos convoquen en este nuevo tiempo.
Más organización para sostener los sueños. Más Estado para mejor gestión. Más igualdad para mejor Salud.
*Daniel Godoy, Director IDEPSALUD
ATE ARGENTINA – CTA AUTÓNOMA