Ir al contenido principal

CTA

La unidad sindical internacional: una construcción histórica vigente

por Adolfo Aguirre

Facebook
Twitter
WhatsApp
Telegram
Email

El 1 de noviembre de 2006, en Viena, comenzó una nueva etapa en la historia del movimiento obrero con la fundación de la Confederación Sindical Internacional (CSI), una organización que nació con el desafío de construir una voz mundial más fuerte y unida para representar y defender los derechos de la clase trabajadora.

Tuve la responsabilidad de participar de aquel proceso desde la Central de Trabajadores de la Argentina (CTA), como secretario de Relaciones Internacionales. Para nosotros, aquella experiencia tuvo un significado particular: formábamos parte de una de las seis centrales sindicales independientes que se incorporaron a la construcción de la nueva organización mundial.

No llegábamos a Viena desde una historia ajena a las disputas del sindicalismo internacional. Llegábamos con nuestra propia identidad, con una experiencia construida en la Argentina en resistencia contra el neoliberalismo y con la convicción de que la autonomía, la libertad sindical y una nueva forma de organizar la participación de los trabajadores eran principios fundamentales para cualquier proyecto de unidad.

Por eso, los veinte años de la CSI no son solamente una oportunidad para recordar una fecha. Son también una invitación a reflexionar sobre las decisiones que hicieron posible aquella construcción, los desafíos que debimos enfrentar y las responsabilidades que el movimiento sindical internacional tiene por delante.

 

Una unidad que no nació de un día para otro

La creación de la CSI fue el resultado de un largo proceso histórico. Durante décadas, el sindicalismo internacional había estado atravesado por las divisiones políticas e ideológicas de la Guerra Fría.

En 1945 se había creado la Federación Sindical Mundial (FSM); luego, la Confederación Internacional de Organizaciones Sindicales Libres (CIOSL), fundada en 1949; mientras que la Confederación Mundial del Trabajo (CMT), con raíces en el sindicalismo cristiano de 1920. También ejercía una fuerte influencia los sindicatos europeos con su carácter social demócrata. Cada una había construido su propia cultura organizativa y sus formas de intervención en el escenario internacional.

El fin de la Guerra Fría modificó aquel escenario, pero no produjo automáticamente la unidad. Fueron necesarios años de diálogo, negociaciones y construcción de acuerdos para comprender que los cambios en la economía mundial exigían una respuesta sindical diferente.

La globalización estaba transformando las relaciones de producción. Las empresas transnacionales extendían sus operaciones más allá de las fronteras nacionales, las cadenas de suministro adquirían una dimensión mundial y las decisiones económicas tomadas en un país repercutían sobre las condiciones de vida y de trabajo en muchos otros.

Frente a esa realidad, el sindicalismo debía preguntarse cómo defender los derechos laborales en un mundo en el que el capital podía organizarse globalmente, mientras los trabajadores seguían encontrando enormes obstáculos para coordinar sus luchas más allá de las fronteras nacionales.

La unidad internacional dejó de ser solamente una aspiración histórica. Se convirtió en una necesidad concreta.

 

El aporte de la CTA a una nueva etapa

La participación de la CTA en la fundación de la CSI tuvo un valor que merece ser destacado. La nueva confederación no fue únicamente el resultado de la decisión de la CIOSL y la CMT de disolverse para dar lugar a una organización común. También incorporó a centrales sindicales que no provenían de ninguna de esas dos estructuras, ampliando el espacio de representación del sindicalismo mundial.

La presencia de la CTA expresaba la importancia de que otras experiencias sindicales, con trayectorias e identidades propias, pudieran participar de esa construcción.

Desde nuestra identidad, entendíamos que la solidaridad entre los trabajadores debía traducirse en una mayor capacidad para intervenir en los debates globales, acompañar las luchas sindicales de otros países y defender los derechos laborales ante las instituciones internacionales.

La construcción de una organización mundial no licuaría las diferencias ni implicaría la renuncia a la autonomía de cada central. Por el contrario, el desafío consistía en encontrar puntos de coincidencia y fortalecer la capacidad colectiva de acción.

En Viena se expresó esa voluntad. El lema que acompañó el nacimiento de la CSI, “La unión hace la fuerza”, sintetizaba una convicción que continúa vigente: frente a problemas que atraviesan las fronteras, la respuesta sindical también debe ser internacional.

 

Veinte años después, nuevos desafíos

Desde 2006, el mundo del trabajo ha experimentado transformaciones profundas. La digitalización, la inteligencia artificial, la expansión del trabajo en plataformas, y la reorganización de las cadenas globales de producción plantean desafíos que entonces apenas comenzaban a vislumbrarse.

Al mismo tiempo, persisten y aumentaron la precarización, la informalidad, las desigualdades y las dificultades para garantizar el ejercicio efectivo de la libertad sindical y la negociación colectiva.

Las transformaciones tecnológicas y económicas obligan al sindicalismo a encontrar nuevas formas de representar a quienes trabajan y defender sus derechos

También exigen fortalecer la cooperación internacional. Ninguna central sindical, por poderosa que sea en su propio país, puede resolver por sí sola problemas vinculados con empresas transnacionales, cadenas de suministro globales o decisiones económicas que atraviesan distintas jurisdicciones.

Por eso, a veinte años de la fundación de la CSI, debemos volver sobre el sentido de aquella decisión. La unidad internacional no se mide solamente por la cantidad de organizaciones afiliadas o por la representación que una confederación pueda exhibir. Se mide también por su capacidad para articular acciones, defender a quienes ven vulnerados sus derechos y contribuir a construir relaciones laborales más justas.

 

La unidad como tarea permanente

Quienes participamos de aquel proceso sabemos que la unidad no fue una consecuencia inevitable de los cambios internacionales. Fue una decisión política y sindical, producto de la voluntad de organizaciones que comprendieron la necesidad de construir una herramienta común.

Esa experiencia dejó una enseñanza que conserva toda su vigencia: la unidad no significa pensar todos de la misma manera, sino encontrar la capacidad de actuar juntos cuando están en juego los derechos y los intereses de los trabajadores.

Hoy, frente a un mundo atravesado por tensiones económicas, conflictos internacionales y nuevas formas de desigualdad, el sindicalismo tiene la responsabilidad de renovar aquel compromiso.

Recordar el nacimiento de la CSI es, por lo tanto, mucho más que conmemorar un aniversario. Es recuperar una experiencia colectiva.

A veinte años de Viena, la unidad sindical internacional sigue siendo una construcción necesaria. No como recuerdo de lo que fuimos capaces de hacer, sino como compromiso con lo que todavía tenemos por hacer.

 

Por Adolfo Aguirre: Secretario de Relaciones Internacionales de la CTA-Autónoma y Coordinador General de la CNTI.

Facebook
Twitter
WhatsApp
Telegram
Email
[print-me target=".nota"]

Noticias relacionadas:

Otras opiniones