Resulta imposible disociar este supuesto espacio de paz del historial bélico y las políticas inhumanas de su principal promotor: el mismo que avaló la masacre en Gaza, que ordenó ataques militares unilaterales contra Irán y Venezuela, y que mantiene una retórica expansionista y amenazante incluso hacia comunidades como las de Groenlandia.
Esta iniciativa no puede entenderse al margen del supremacismo blanco y la xenofobia estructural que caracterizan al proyecto trumpista, cuyo blanco central ha sido siempre la población migrante, criminalizada, separada en fronteras y negada en su humanidad. La «paz» que se propone es, en esencia, la paz de los cementerios, la paz impuesta por el más fuerte.
La adhesión de Argentina, bajo el gobierno de Javier Milei, agrega una capa de perversión económica y social. Un Estado que se compromete a pagar mil millones de dólares como «cuota de ingreso» a este club, mientras desmantela la obra pública, la educación y la salud, y reprime violentamente cualquier disenso ciudadano, no es un aliado de la paz. Es un administrador de la miseria, que prioriza el alineamiento geopolítico con los poderosos sobre la vida de su pueblo.
Tras la máscara de este «Consejo de Paz» se esconde una intención descarnada: legalizar y facilitar, sobre lo que ellos mismos han devastado, los voraces negocios de los «señores de la guerra». En el caso de Gaza, la fórmula es clásica: después de la destrucción viene la «reconstrucción», un lucrativo negocio para las corporaciones y contratistas aliados, pero diseñado para un territorio despojado de su población original. No es reconstrucción, es un nuevo ciclo de colonialismo y desplazamiento, una apropiación final bajo el eufemismo de la ayuda y la paz.
Por tanto, este Consejo no es un faro de esperanza, sino un instrumento de legitimación y lucro. Es la tentativa de lavar con discursos conciliadores las manos manchadas de sangre, y de convertir en oportunidad de negocio la ruina que ellos mismos crearon.
La paz auténtica, como nos recuerda la tradición cristiana, es obra de la justicia («Opus iustitiae pax»), no un barniz comercial sobre la injusticia. Donde hay hambre de lucro, desprecio por el pobre y alianzas con los opresores, allí no habita la paz, sino el disfraz de la «oveja» sobre el lobo rapaz. (Mateo 7: 15-17).
La paz que debemos construir es la que se basa en la justicia social, la soberanía de los pueblos y la dignidad humana, no nace de quienes han hecho de la guerra, el racismo y la desigualdad su bandera.
Movimiento Ecuménico Por Los Derechos Humanos- MEDH
Iglesia Anabautista Menonita de Buenos Aires
Pastoral Social Evangélica