En noviembre de 2005, América Latina y el Caribe protagonizaron uno de los hitos más importantes de la lucha por la soberanía. En Mar del Plata, durante la IV Cumbre de las Américas, decenas de organizaciones se movilizaron para rechazar el proyecto del Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA), impulsado por Estados Unidos bajo la presidencia de George W. Bush.
Ese NO rotundo fue más que una consigna: expresó la capacidad de organización continental de las organizaciones de la región y la decisión política de varios gobiernos de confrontar con un modelo de subordinación económica y geopolítica. Junto con la derrota del tratado, la Cumbre de los Pueblos y la Cumbre Sindical marcaron un punto de inflexión, demostrando que la integración regional podía construirse desde abajo y con protagonismo popular.
La década de los proyectos de integración
La derrota del ALCA consolidó un ciclo inédito, con gobiernos populares, organizaciones fuertes y objetivos comunes. Durante los años posteriores surgieron iniciativas como la UNASUR, la CELAC y el ALBA, que buscaron consolidar una integración basada en la cooperación, la soberanía y la solidaridad. No se trataba solamente de acuerdos comerciales, sino de un horizonte de Patria Grande, donde los pueblos pudieran caminar juntos para mejorar las condiciones de vida, empoderar a las mayorías históricamente excluidas y enfrentar la avanzada de los Estados Unidos sobre el “patio trasero”.
Sin embargo, este proceso también encontró límites: dificultades internas, dependencia estructural de nuestras economías y la contraofensiva de los sectores conservadores. Hacia mediados de la década de 2010, una ola de gobiernos neoliberales —apoyada por Washington— debilitó los espacios regionales y reinstaló políticas de endeudamiento, privatización y ajuste. Recordemos, por ejemplo, la iniciativa Foro para el Progreso de América del Sur (ProSur) y la Alianza del Pacífico.
El avance de las derechas y la figura de Trump
En este contexto emergió un nuevo actor de peso: Donald Trump. Aunque su discurso se presenta como nacionalista y “anti-globalista”, en realidad representa una versión renovada del imperialismo estadounidense, con un fuerte componente supremacista y autoritario.
Trump no solo profundizó las políticas de agresión contra Cuba, Venezuela y Nicaragua, incluidas amenazas de invasión militar, sino que además desplegó un discurso abiertamente hostil hacia toda la región. Sus ataques lo muestran con claridad: Amenaza a México, militarización de la frontera y políticas migratorias racistas. Presión a Panamá para volver a apropiarse del Canal de Panamá. Coerción a Haití con amenazas de intervención, declaraciones xenófobas y trato despectivo hacia su pueblo. Hacia Colombia y Brasil hostilidades arancelarias mediante intentos de condicionar sus economías y subordinarlas a intereses geopolíticos de EE.UU.
Lejos de ser hechos aislados, estas agresiones forman parte de una estrategia de disciplinamiento continental, que busca fracturar la unidad regional y reinstalar a Washington como árbitro absoluto del destino latinoamericano.
Lo que nos enseña Mar del Plata
Frente a este panorama, la memoria del NO al ALCA cobra una vigencia fundamental. Mar del Plata nos recuerda que cuando los pueblos se organizan y se articulan con gobiernos dispuestos a escuchar, es posible derrotar proyectos de dominación que parecían inevitables.
La clave de aquel triunfo fue la unidad popular y regional: sindicatos, movimientos sociales, organizaciones políticas, sumados a liderazgos estatales con vocación de soberanía. Esa experiencia demuestra que el camino no es la fragmentación ni la subordinación, sino la integración autónoma y democrática.
Desafíos actuales
A veinte años de aquella victoria, los desafíos son enormes. La región enfrenta una ofensiva de las derechas locales articuladas con EE.UU., nuevas formas de colonización digital y financiera, y el avance de discursos autoritarios y neofascistas.
El ejemplo de Trump muestra que el peligro no es solo económico, sino también político e ideológico: la normalización de la violencia y el odio amenaza con instalarse como modelo para sectores de la derecha latinoamericana.
Por eso, recordar Mar del Plata no es un ejercicio de nostalgia: es un llamado urgente a renovar el compromiso con la soberanía, la justicia social y la integración regional. Se trata de reactivar la memoria popular como fuerza para proyectar un futuro donde la Patria Grande no sea un sueño postergado, sino un horizonte posible.
*Secretario de Relaciones Internacionales de la CTA. Coordinador Nacional de la CNTI.