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En el Día de la Industria, Milei tras la huella de la dictadura militar

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El contexto histórico

El análisis de la situación económica argentina bajo la gestión de Javier Milei requiere una perspectiva que trascienda la coyuntura y se ancle en las coordenadas históricas de la estructura productiva del país. La gestión actual no se interpreta como un quiebre en la historia económica, sino como una profundización radical, y con nuevos matices, del patrón de acumulación regresivo y anti-industrial que se instauró con el golpe de Estado de 1976.

El verdadero punto de inflexión en la historia industrial argentina fue el quiebre impuesto por la dictadura cívico-militar en 1976 del patrón de acumulación sostenido en la Sustitución de Importaciones (ISI). Con el ministro José Alfredo Martínez de Hoz al frente, el programa económico no solo buscó la desarticulación del aparato productivo, sino también el disciplinamiento de la fuerza laboral y la imposición de un nuevo modelo de acumulación basado en la valorización financiera y la apertura económica. El sector industrial fue el gran perdedor, ya que se trataba de dinamitar las bases de sustentación del movimiento obrero, atacando al núcleo generador de empleo y ascenso social, que constituyó la argentina industrial. Se trataba, en palabras del Ministro de “matar al perro (la industria), para acabar con la rabia (la conflictividad social)”.

La desindustrialización de esa época fue una decisión política consciente, no el resultado del supuesto «agotamiento» del modelo de la ISI. Es esta la huella que sigue el gobierno del libertario Milei, que al igual que la de Martínez de Hoz, postula la idea de que el Estado es un obstáculo para la producción.

Sin embargo, en la práctica, utiliza las herramientas estatales para facilitar la consolidación de un modelo regresivo que beneficia a sectores específicos, a menudo ligados al capital extranjero y la valorización financiera. El «shock» actual es una reedición del «shock» de 1976, aunque con un nuevo ropaje ideológico que legitima la reprimarización de la economía. Esta orientación se sustenta en la idealización de un pasado agroexportador que, en la visión oficial, fue la época de mayor «potencia» para Argentina. El modelo de la ISI es presentado como un «verso» que «robó al campo» y generó una industria «adicta al Estado». Esta narrativa, sin embargo, es una deformación histórica con fines políticos. La industria y el agro no son sectores antagónicos; de hecho, una industria nacional sólida crea un mercado interno robusto y genera encadenamientos productivos que benefician al propio sector primario, garantizando un crecimiento estable y no dependiente de las fluctuaciones de los precios internacionales. Además, la industria manufacturera, para crecer, necesita importar insumos y bienes de capital no producidos localmente, y el desafío pasa por sustituir las importaciones y producir localmente lo que se compra en el exterior. El camino inverso que desde la Dictadura, proponen los sectores dominantes, con el Bufón Delirante de Milei en este nuevo formato.

La industria argentina durante el experimento Libertario

Según un informe reciente del Centro CEPA, la industria manufacturera argentina ha experimentado un deterioro significativo durante el primer año y medio del gobierno de Javier Milei. La actividad industrial se contrajo un 8,8% en 2024 y continuó su caída con un 3,0% adicional hasta junio de 2025, lo que ha llevado el Índice de Producción Industrial (IPI) a un nivel 6,6% por debajo del promedio de 2023. Esta recesión se ha reflejado en una utilización de la capacidad instalada que se desplomó al 58,8%, una reducción de 14,3 puntos porcentuales con respecto a junio de 2023. En el ámbito laboral, la crisis ha sido severa, con la pérdida de 39.016 puestos de trabajo en el sector, lo que representa una disminución del 3,2% del empleo registrado entre noviembre de 2023 y mayo de 2025.

La apertura importadora indiscriminada ha sido un factor clave en este proceso. Las importaciones de bienes de consumo aumentaron un 33,7% en julio de 2025 en comparación con el promedio de 2023. Sectores como el de electrodomésticos y productos alimenticios han sido particularmente afectados, con un aumento en las importaciones del 226,9% y 43,9% respectivamente. Este sesgo antiindustrial de las políticas públicas se evidencia en la reducción de aranceles para productos como la línea blanca, neumáticos y plásticos, así como en la propuesta de cambios en el régimen antidumping que acortarían los plazos de protección a la industria local.

A esto se suma el desmantelamiento de políticas e instituciones de apoyo. El Gobierno ha derogado leyes cruciales como la Ley de Compre Nacional y la Ley 21.608 de Promoción Industrial. Además, se han eliminado las líneas de crédito subsidiadas para pequeñas y medianas empresas (PyMEs) y se ha desfinanciado a organismos clave como el INTI, el cual sufrió un recorte presupuestario del 41,8% y la pérdida de 733 trabajadores, debilitando así su capacidad de asistencia técnica.

Las consecuencias directas de estas políticas se han manifestado en crisis sectoriales concretas y en el cierre de plantas. El sector metalúrgico, por ejemplo, ha visto su producción caer un 31,2% por debajo de los niveles de 2023, con suspensiones de producción en empresas como Acerbrag y Acindar. En el sector textil, se han registrado despidos masivos en Algodonera Avellaneda y Textilana. La industria automotriz ha sufrido una caída del 8,2% en la producción, con Toyota y Scania suspendiendo operaciones, mientras que el sector químico ha visto su producción reducirse un 8,2% y ha reportado despidos en compañías como Clariant y Laboratorios Bagó. Las PyMEs, que constituyen el 98% del entramado empresarial y generan más del 70 % del empleo, han sido las más afectadas, representando casi el 45% de los conflictos laborales documentados.

El contexto global: La Cuarta Revolución Industrial y la Oportunidad de una Nueva Reindustrialización

El panorama global se encuentra en plena cuarta revolución industrial, impulsada por la automatización, los algoritmos y la inteligencia artificial (IA), que están reconfigurando las cadenas globales de valor (CGV). La IA y la automatización, en su gestión capitalista, se está aplicando para reducir trabajo humano vivo por unidad de producto, bajo la excusa de la optimización de procesos que buscar reducir costos operativos, mejorar y aumentar la productividad apropiada exclusivamente por los grandes propietarios del capital, los  tecnofeudales.)

Resulta evidente el serio peligro de una mayor desindustrialización para nuestro país, de este contexto, que se vuelve explosivo en el marco del experimento libertario actual. Sin embargo, y aún en este contexto adverso, también es necesario considerar que esta situación también representa una oportunidad histórica para la Argentina.   En efecto, la inteligencia artificial y la programación por algoritmos eliminan el obstáculo de la dependencia tecnológica que padecía el modelo de la ISI de los setenta, ya que permiten adquirir, adaptar e integrar tecnologías con mayor facilidad, sin necesidad de tener cuellos de botellas en los núcleos claves del proceso industrial (la metalmecánica).

El ascenso de China como potencia industrial global se presenta como un contramodelo a las ideas delirantes-liberales de Milei. El desarrollo industrial chino no se basa en el libre mercado sin intervención estatal, sino en una planificación estratégica a largo plazo. Los planes quinquenales y programas como «Made in China 2025» demuestran que el Estado no es un obstáculo para el desarrollo, sino un motor fundamental para impulsar y coordinar los sectores clave. La competencia en sectores de alta tecnología, como el de los semiconductores o la IA, se basa en la codependencia y la colaboración entre las potencias, no en un «libre comercio» puro que, de hecho, no existe. El anacronismo del modelo de Milei es evidente: mientras el gobierno argentino propone un «retorno al siglo XIX» y la renuncia a la planificación, las potencias mundiales se encuentran inmersas en una planificación estratégica para el «metaverso industrial» y la soberanía tecnológica.

La singularidad de esta etapa es el fenómeno de crecimiento de la producción industrial sin creación de empleo, lo cual demuestra que la crisis es funcional a la reestructuración de la base productiva hacia una mayor concentración de capital y una menor participación del trabajo. Sin embargo, la reindustrialización no es una utopía. Las nuevas tecnologías de la cuarta revolución industrial son una oportunidad para Argentina. La automatización, la IA y los algoritmos eliminan las barreras tecnológicas que limitaban el modelo de la ISI de los setenta. El desafío es político y estructural, no meramente económico o tecnológico.

Para superar el anacronismo del modelo actual y construir un horizonte de desarrollo, es imperativo abandonar la ideología del libre-mercado y adoptar una «nueva política industrial». Un Estado que no sea un árbitro pasivo, sino un planificador, inversor y coordinador activo. Se requiere una inversión pública estratégica en I+D y en la capacitación de talento humano para cerrar la brecha de conocimiento especializado. Es fundamental promover cadenas de valor estratégicas y encadenamientos productivos virtuosos, con un enfoque en la soberanía tecnológica, incluyendo la sustitución de importaciones de alta tecnología. Finalmente, la defensa del mercado interno y el fomento de las PYMEs son la base para la generación de empleo de calidad y la innovación endógena. La dicotomía no es entre agro e industria, sino entre un modelo de valorización financiera y primarización para unos pocos, y un proyecto de desarrollo industrial planificado y con inclusión para todos.

Tomás Raffo, co-coordinador del Instituto de Estudios y Formación de la CTA Autónoma

Hugo “Cachorro” Godoy, Secretario General

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