LA ENERGÍA MUEVE TODO

Por José Rigane*

Soberanía energética para el desarrollo nacional

(Especial para Motor de Ideas)

La idea de la soberanía energética es un concepto, un camino, que debe marcar un horizonte que involucra necesariamente a muchos planos de la vida social, económica y política del país. El hecho de ser soberanos energéticamente implica un modelo de desarrollo nacional radicalmente distinto al que tenemos. Pero soberanía energética es mucho más que una tarifa barata, si bien esto es un tema fundamental en el actual contexto de crisis, la soberanía energética requiere la construcción de un nuevo tipo de desarrollo económico y social del país para el conjunto de los ciudadanos.

En primer lugar, debemos tener una perspectiva de preservación. Esto implica que cualquier esfuerzo que hiciéramos en función de preservar la energía en el presente y para las futuras generaciones tendría sentido, ya que sería desde un concepto de autoadministración en función de garantizar los recursos energéticos. Es decir, tanto la producción, el transporte, como la distribución de la energía, que implica un vasto trabajo de diagramación y planificación, sería gestionada no bajo la visión del extractivismo y el saqueo de los recursos, sino desde la gestión en manos del Estado para el desarrollo del presente y de las generaciones venideras.

En segundo lugar, la soberanía energética implica abandonar la idea de energía como un commoditie. Se trata de dejar de manejar la energía como una mercancía más del “libre mercado”, que la puede comprar solo quien la puede pagar. Debe prevalecer el concepto de la energía como bien social y un derecho humano, en donde emerjan los instrumentos que garanticen el acceso universal a la energía para una vida digna. Esto ayudaría concreta y realmente a terminar con la pobreza energética, situación en la que viven cientos de miles de personas en nuestro país y millones en el mundo sin acceso continúo a la electricidad o el gas.

La energía desde una perspectiva soberana y no mercantilista también implica el desarrollo científico, técnico y tecnológico en perspectiva del bienestar popular. Hoy con este modelo energético privatizado y extranjerizado, ¿para qué intereses se hace ciencia? La soberanía supone también que los centros de investigación y de desarrollo de conocimiento estén al servicio del conjunto de los trabajadores y el pueblo.

En tercer lugar, la energía vista desde una idea de soberanía es un valor estratégico para el desarrollo de la economía. Una tarifa como la de ahora, con altos precios y dolarizada, atenta contra la industrialización del país. La crítica situación actual de las cooperativas y pequeñas industrias y comercios son un claro ejemplo de esta política de precios altos en las tarifas del gas y la electricidad. Por el contrario, una política de tarifas accesibles facilita el despliegue de cooperativas por todo el país y el desarrollo de industrias pequeñas y medianas.

El argumento muchas veces utilizado respecto de que “la energía es cara en todo el mundo” es un rotundo engaño. Argentina cuenta con recursos energéticos renovables y no renovables y no necesita de equiparar sus precios con los internacionales. Esta, es la excusa para la apertura a las grandes compañías, para que se instalen en el país y se lleven al exterior las divisas y los propios recursos que pertenecen al conjunto de la sociedad. Tenemos los recursos, el problema es en manos de quiénes están y para qué intereses. Hoy el Estado crea dispositivos y entrega subsidios para beneficiar a las multinacionales y a los grandes capitales nacionales amigos del poder que hacen negocios con la energía.

El cuarto punto tiene que ver con la gestión de la energía. Podemos ver a la soberanía energética como idea de preservación, bajo el concepto de desmercantilización de la energía y como una visión de desarrollo de la economía nacional. De todos modos, nunca podremos ser un país soberano energéticamente sin una nueva visión sobre la gestión de las empresas, instituciones y organismo vinculados a ella. Sin una autoadministración de las empresas es imposible recorrer el camino de la soberanía energética.

En este punto es central el rol de los trabajadores de la energía. La idea de la soberanía energética va indefectiblemente vinculada a una nueva gestión de la energía. Como tal, esta nueva gestión no puede dejar a un lado a los trabajadores ni a los usuarios. Por el contrario, son las y los trabajadores del gas, de la electricidad, del sector nuclear, y de tantos otros ámbitos y empresas relacionadas a la energía los que deberán llevar adelante la administración de las mismas. Para esto, es indispensable que sea el Estado quien tenga el 100 por ciento de la participación de las empresas.

Para no repetir malas experiencias del pasado en relación al rol del Estado, la gestión de las empresas estatales de la energía también debe incluir a los trabajadores/as pero, además, a los usuarios/as, a los organismos sectoriales de competencia nacional y provinciales y a organizaciones sociales vinculadas a la energía. Lejos de una cuestión proclamativa, las empresas energéticas, bajo una idea de soberanía, tienen que tener una gestión social de nuevo tipo y una administración moderna. Así, será fundamental una gestión donde la toma de decisiones sea democrática y en línea con una estrategia de desarrollo nacional donde no se pierda el principal objetivo: el beneficio para el conjunto de la sociedad y los trabajadores/as.

Resulta fundamental incorporar la cuestión del despojo capitalista. El saqueo de los recursos naturales, la pérdida de soberanía y de autonomía nacional es llevado adelante por gobiernos, como el de Cambiemos, donde se les asegura a las empresas multinacionales el acceso privilegiado a los recursos y sacrifica la diversificación y diversidad económica del país impidiendo el desarrollo económico endógeno y la construcción de alternativas por fuera de la dependencia de los países centrales. Al mismo tiempo, los países industrializados se garantizan los estándares de vida, sus pautas de consumos y las escalofriantes ganancias de sus empresas. No es otra cosa que la garantía del acaparamiento de las tierras y los recursos de los países periféricos por parte de los países centrales como mecanismo fundamental de funcionamiento del sistema. Cabe mencionar que este proceso se realiza cada vez con mayor agresividad hacia los pueblos provocando fuertes conflictos sociales y ecológicos, ya que este despojo de los recursos agudiza el cambio climático que sufre nuestro planeta.

Por último, es indispensable la diversificación de la matriz energética en la Argentina incorporando recursos como las energías renovables que hoy están en discusión y que no tienen nada más que un destino comercial, pero que para nada están planteados como la posibilidad del desarrollo de energías alternativa a los hidrocarburos. Es decir, así como el petróleo y el gas, sea de yacimientos convencionales como provenientes de la formación Vaca Muerta, están en manos de multinacionales y de grandes capitales nacionales (que muchos de ellos responden a grandes inversores mundiales), los parques eólicos y solares y otras fuentes alternativas hoy también están en manos privadas.

La soberanía energética es también deconstruir la idea de que con la energía se hace negocios y, por el contrario, construir un modelo energético donde la energía sea accesible a los pobres, a los excluidos, a los trabajadores/as, a los pequeños comerciantes, a las Pymes, a las cooperativas, en definitiva, al conjunto del pueblo.

* Secretario Adjunto de la CTA Autónoma, secretario General de la FeTERA y del Sindicato de Luz y Fuerza Mar del Plata