Hablemos del mundo del trabajo

Por Juan Pablo Ruiz
Córdoba, 11 de julio de 2017

Abordar el mundo del trabajo es una tarea incómoda. Pone en crisis a la ciencia económica y a sus modelos de sustentabilidad, a la ciencia jurídica y a su “orden público laboral”, y a la política tradicional. La actual realidad económica y social hace naufragar en tormentosas crisis de representación a los sistemas políticos tradicionales basados en el bipartidismo y la alternancia. Por ello, debemos abordar el mundo del trabajo reconociendo su complejidad y animándonos a hacerlo desde una epistemología nueva e integral.

Para los economistas liberales, el mundo del trabajo es un tema subordinado a la economía, una cuestión que se afronta a posteriori del estudio de la forma en que las sociedades resuelven los problemas económicos fundamentales: cómo, qué y para quién producir bienes y servicios. Esta mirada economicista deja fuera lo más importante: el conjunto de relaciones individuales, colectivas y sociales que nacen de las actividades económicas y que, en muchos casos, determinan no solo la economía, sino también otros aspectos de la vida social como la política, la cultura, el medio ambiente y el sistema de normas y valores. Esta mirada, signada por la tasa de ganancia del capital y la búsqueda de mayor productividad, está en crisis porque, entre otras cosas, no da respuesta al creciente aumento de pobreza y marginación de vastos sectores sociales ni a la agudización de los conflictos medioambientales.

Para el pensamiento jurídico dominante, el estudio y la reflexión sobre el mundo del trabajo están dominados por la manera en que el Estado interviene en las relaciones asimétricas entre patrones y trabajadores, en el análisis del “orden público laboral” y en los conflictos de carácter individual y colectivo que surgen de las tareas productivas. Sin embargo, quedan al margen el estudio sobre concentración económica y deslocalización, así como la tercerización y el trabajo “no registrado” (que afecta a más de un tercio de los trabajadores y trabajadoras de los países de América del Sur). El pensamiento jurídico dominante aborda estos temas como “anomalías” proponiendo, en el mejor de los casos, soluciones que tienen más que ver con el “deber ser” y que se materializan en respuestas procedimentales y maneras de ejercer acciones jurídicas individuales y colectivas. No advierten que parten de una nueva realidad: los Estados nacionales se han debilitado frente a los poderes económicos y financieros transnacionales y, por ende, el poder de imponer el “orden público laboral” está seriamente limitado.

Para los políticos tradicionales, aquellos que defienden el statu quo, abordar la problemática del mundo del trabajo es un incordio. Se deben situar, en lo discursivo, en la defensa de una sociedad que garantiza el pleno empleo, el modelo social ascendente o los derechos sociales. Mientras, la realidad está bien lejos del discurso. En los últimos cuarenta años, las economías centrales y semiperiféricas han experimentado el deterioro de las condiciones laborales. Los sectores políticos tradicionales no desean debatir ni abordar políticas públicas sobre un problema central: el trabajo está dejando de ser un camino válido hacia el progreso social e individual para los jóvenes de los sectores populares, y se lo vincula a una mala paga y a pocos derechos, con el riesgo de despido siempre latente.

Los problemas que circunscribo no se agotan en las disciplinas mencionadas, sino que son caracterizadores de una época en la que los dispositivos del poder económico, financiero y mediático no desean poner en el centro del debate lo que sucede en el mundo del trabajo, entendiendo como tal el conjunto de relaciones económicas, políticas, culturales, sociales, normativas y jurídicas que nacen de las actividades económicas. Es preciso aclarar que, afortunadamente, no todos los economistas son liberales, ni todos los abogados son repetidores del pensamiento jurídico dominante, ni todos los politólogos pretenden ser intelectuales del “orden hegemónico”. En todas las disciplinas existen búsquedas que intentan dar respuesta a las nuevas preguntas que surgen de la crisis social, pero para abordarlas hay que asumir ser la piedra en el zapato del pensamiento hegemónico.

Un nuevo itinerario

Lo primero que debemos afirmar es que la manera en que una persona o un grupo social se vincula con el mundo laboral no tiene un efecto neutro, sino que tiene un decidido impacto en la esfera individual y colectiva.

Si abordamos el problema desde una perspectiva individual y preguntamos a un hombre trabajador registrado, del sector privado, de entre 40 y 50 años de edad, cuál es su mundo del trabajo es probable que nos responda que es el centro de su vida y que para preservarlo se afilió al sindicato, que negocia su salario y le brinda una obra social. Es posible que también nos diga que la estabilidad laboral le abre las puertas al crédito y que ello le permite comprar o construir una vivienda, adquirir un auto o viajar.  Y que, además de asegurarle una jubilación en el futuro, le permite optar a mejores oportunidades educativas para sus hijos. En cambio, si la pregunta está dirigida a una mujer con las mismas características laborales y etarias, obtendremos respuestas previsiblemente distintas. Nos dirá que gana menos que un hombre con idénticas tareas o responsabilidades y que, si bien está afiliada, no participa en el sindicato porque es un lugar “estrictamente masculino”. También nos podría contar que, en caso de crisis, los primeros trabajadores despedidos serían mujeres, y que su carrera dentro de la empresa tiene un “techo” por su condición de mujer.

En el otro extremo, el mundo laboral para un hombre trabajador “no registrado” es bien diferente y está compuesto por estrategias casi cotidianas que le permiten asegurar su sustento. Esta lucha cotidiana varía si tiene un “oficio”, ya que un enfriamiento de la economía podría tener un efecto devastador. Por otro lado, si es una mujer, quien trabaja de manera “no registrada”, seguramente conozca los planes sociales que brinda el Estado y, en especial, los vinculados a los hijos (como la Asignación Universal por Hijo). Además, es factible que participe de una vida social activa con el fin de integrarse en las redes y entramados sociales que le permiten subsistir.

Estas respuestas varían diametralmente si la pregunta está dirigida a un trabajador o trabajadora del ámbito público (con “estabilidad laboral”), y mucho más si la persona entrevistada es un joven de entre 18 y 30 años, pues como el sociólogo Boaventura de Souza Santos comenta: “La mayoría de los trabajadores que se adentra por primera vez en el mercado de trabajo lo hace sin derechos: queda incluida siguiendo una lógica de la exclusión”.

Si salimos de este enfoque individual y nos aproximamos a una perspectiva colectiva del mundo del trabajo, podemos descifrar multitud de aspectos sobre la organización de un país. De este modo, logramos conocer su estructura económica (de acuerdo a qué bienes y servicios exporta e importa), cómo reparte el ingreso (según el porcentaje de trabajadores que posee un empleo registrado), o la fortaleza de un Estado nacional frente al poder económico y financiero (dependiendo de si los trabajadores acceden y gozan de derechos laborales). La centralidad del mundo del trabajo es tal que influye y se interrelaciona de manera determinante en la forma en que una sociedad gestiona la escasez de bienes y servicios (economía), soluciona el conflicto de intereses inherente a todo cuerpo social (política), distribuye el ingreso nacional (justicia social), brinda oportunidades de primer empleo (igualdad de oportunidades), crea normas morales y legales que regulan las relaciones individuales y colectivas (institucionalidad), y desarrolla los valores, sentidos comunes y prácticas culturales que configuran la identidad colectiva de un pueblo (cultura).

Hijos de la gran…crisis

Uno de los problemas que debemos afrontar al analizar el mundo del trabajo es que lo hacemos con las categorías y conceptos forjados durante el auge del fordismo, el keynesianismo y la construcción del Estado Social de Derecho durante el siglo XX.  Fue precisamente la lucha de la clase trabajadora durante aquel siglo la que dejó como legado conceptos como justicia social, pleno empleo, seguridad social, derechos humanos laborales o derechos laborales. Conceptos y sistemas que en el marco actual continúan teniendo un gran valor, pero que no alcanzan a todo el mundo laboral, sino a sectores y áreas cada vez más limitadas. El sociólogo, filósofo y ensayista Zygmunt Bauman, en su obra Tiempos líquidos, nos da un marco de situación sobre el proceso en curso cuando sostiene que las políticas que integran el Estado Social están siendo “total o parcialmente eliminadas, rebajadas a tales niveles que no pueden confirmar o sustentar el sentimiento de seguridad y, por lo tanto, la confianza en sí mismos de los actores”. Por su parte, Santos ubica el trabajo y el derecho al trabajo como articulador del pacto social de la modernidad capitalista, como punto de partida de derechos civiles y políticos de nuevo tipo. Sostiene que el orden social de la modernidad capitalista basado en el trabajo está en proceso de desmantelamiento porque “la creciente erosión de estos derechos, combinada con el aumento del desempleo estructural lleva a los trabajadores a transitar desde el ‘estatuto de ciudadanía’ al de ‘lumpen-ciudadanía’”.

No es sencillo determinar las causas que provocaron semejante crisis en el mundo del trabajo. Las respuestas son muchas y disímiles, pero existe consenso en identificar como punto de inflexión la caída de la URSS y el fin del socialismo real. En este sentido, el historiador Eric Hobsbawn sostiene: “La revolución rusa brindó al reformismo un segundo cimiento: el temor al comunismo y a la URSS. El avance de ambos durante y después de la segunda guerra mundial parecía, por lo menos en Europa, requerir de los gobiernos y de la patronal una contra política de pleno empleo y seguridad social sistémica. Pero la URSS ya no existe, y con la caída del muro de Berlín el capitalismo podía olvidar sus temores”En paralelo, el sociólogo y científico social estadounidense Immanuel Wallerstein piensa que la crisis fue producto de la evolución del “sistema-mundo capitalista” o de la crisis del petróleo  de 1972 y la deslocalización productiva en la búsqueda del capital con una tasa de ganancia positiva. Santos hace hincapié en el surgimiento de un poder financiero internacional que logró revertir el proceso de “politización del Estado”, “socialización de la economía” y “nacionalización de la identidad cultural”. Para el sociólogo argentino Agustín Salvia, las causas fueron, en el caso de los países subdesarrollados, el agotamiento del “modelo de desarrollo desigual y combinado” y la sedimentación de la “heterogeneidad estructural” de la clase trabajadora. Todas estas miradas tienen puntos comunes, y también divergencias. Su estudio es indispensable en la búsqueda de pistas y evidencias que nos permitan leer la complejidad del presente.

El paisaje que dejó la crisis del mundo del trabajo no parece ser muy alentador: Estados nacionales débiles frente a poderes financieros fuertes y mercados globales liberalizados que exigen más flexibilización y menos derechos laborales, potencias industriales basadas en economías controladas por el poder financiero y caracterizadas por bajos salarios de sus trabajadores, y falsos “consensos” construidos desde los medios de comunicación hegemónicos que no admiten caminos alternativos.

Como decíamos al comienzo, la característica principal de este momento histórico es que tanto el poder económico como el poder político no desean hablar ni poner en discusión lo que sucede en el mundo del trabajo. Sin embargo, las sociedades son como el hielo cuando se fractura, es imposible predecir la dirección de la rajadura, y es por ello que hay que volver a hablar y reflexionar nuevamente sobre el mundo laboral. Acierta Juan Carlos Monedero cuando sostiene “Como en todo momento de crisis –ese momento parteaguas en donde, como reza su etimología griega, el cuerpo enfermo sana o muere–, la confusión se apodera del imaginario colectivo, la incertidumbre se ahonda por esa condición líquida de la época donde ya nada es para siempre y el desarrollo tecnológico acelera su velocidad aumentando los vacíos tras su veloz estela”.

La tarea no es sencilla y superar la crisis en clave de progreso será necesariamente una obra colectiva que requerirá incluso de pactos y aportes intergeneracionales. No debemos perder de vista que la crisis del mundo del trabajo no es exclusividad de nuestro país ni de América del Sur ni del mundo subdesarrollado, puesto que ya alcanzó el corazón de las economías de Europa y de los EE. UU. Volver a hablar del mundo del trabajo es indispensable para crear nuevos sentidos comunes que permitan dar batalla para crear una sociedad más igualitaria y equitativa o, como dijo el subcomandante Marcos del EZLN, construir “un mundo donde quepan muchos mundos”.


REFERENCIAS

BAUMAN, Z. (2006) Tiempos Líquidos, Barcelona, Tusquets Editores.

HOBSBAWN, E. (2011) Cómo cambiar el mundo, Barcelona, Crítica.

MONEDERO, J. C. (2009) El gobierno de las palabras, Madrid, Fondo de Cultura Económica de España.

SANTOS, B. S. (1998) Reinventar la democracia, reinventar el Estado, Lisboa, Ediciones Abya-Yala